"Tierra de leche y miel" es una buena película, casi documental, de Héctor Domínguez-Viguera, Carlos Mora Fuentes y Gonzalo Recio, en el que ofrece una visión contemporánea del significado de ser refugiado y de las diásporas contemporáneas en un mundo en guerra en múltiples frentes.
La cámara pone el foco en Sarajevo, en donde una mujer espera ansiosamente que el estado le conceda una vivienda social. Mientras tanto, reside en un piso compartido. La Ex-Yugoslavia aparece como un espacio en perenne reconstrucción, con señales aún visibles de las terribles guerras balcánicas de los años noventa.
En Tbilisi la atención se centra en una mujer mayor que lucha desesperadamente por saber algo de sus familiares, muertos en las guerras de Abjazia. Este territorio, en el noroeste de Georgia, pertenece de facto a este país caucásico. Sin embargo, de facto es una república independiente, de la cual han sido expulsados la mayor parte de los georgianos. La caída de la URSS llevó a una gran fragmentación geopolítica, también en el Cáucaso y también dividiendo el interior de las antiguas repúblicas socialistas, como es el caso de Georgia.
Por último, en Grecia nos acercamos a la situación de un matrimonio sirio, que se encuentra en una situación indefinida. Huídos de la guerra de Siria, viven esperando un mejor lugar adonde ir. Uno de estos destinos soñados podría ser Alemania, en donde vive la hija de ambos. Precisamente ella es la que rompe la monotonía del limbo en que se encuentran cuando les hace una visita, fugaz, relámpago, pero una visita, al menos. Las caras de los padres al despedir a su hija en el aeropuerto son todo un poema, y creo que me acordaré mucho tiempo de esas expresiones de pena y angustia ante lo desconocido.
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