viernes, 14 de febrero de 2025

"Lutero", de Eric Till

Siempre me ha fascinado la figura de Martín Lutero. Lo considero un gran disruptor, un gran revolucionario. Una sola persona consiguió remover conciencias y arrastrar consigo a cientos de miles de personas. Contó, sin duda, con el apoyo político de los príncipes electores, pero supo aguantar las presiones. Su vida pendía de un hilo y sabía lo que se jugaba. No ardió en la hoguera de puro milagro.


Es interesante observar cómo, a la hora de la verdad, religión y política van de la mano. Lutero fue el primer indignado de la historia, tal vez, pero un indignado no habría conseguido nada a no ser que tuviese un mínimo apoyo entre los que mandan.

La estrategia de los príncipes electores era juzgar a su propio súbdito. Con esto desarmaban al emperador. Y Lutero hizo que la historia de la humanidad avanzase muchísimo en muy poco tiempo. Su crítica a la venta de indulgencias plenarias fue el detonante de la rebelión, pero hubo más. Lutero pensaba que Dios vivía en las escrituras y, por lo tanto, no tenía sentido adorar imágenes ni glorificar símbolos. Tradujo la biblia al alemán, algo que marcaría un hito en la formación del canon contemporáneo de la lengua alemana.

Además, Lutero no veía obstáculo entre el ejercicio del magisterio religioso y el matrimonio. En esto fue un visionario. Hace casi quinientos años que Lutero vio claramente que el celibato no tenía sentido.

La interpretación de Lutero por parte de Joseph Fiennes es extraordinaria. Me impresiona cómo se puede conjugar la faceta de monje y erudito teológico con la de hombre de acción. La actuación de Fiennes es totalmente creíble. Así debió haber sido Lutero: un erudito que no se conformaba con la teoría.

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