lunes, 19 de febrero de 2024

Leyendo a Stefan Zweig: "El mundo de ayer"

"El mundo de ayer", de Stefan Zweig. El corte que supuso la Primera Guerra Mundial en la conciencia y la identidad de Europa fue brutal. La gran guerra europea mostró cuán frágil era el mundo tal y como se lo conocía. Hubo avisos antes de este conflicto, vaya si los hubo. Sin embargo, nadie pensaba que el viejo orden se desmoronaría tan abruptamente. 

Zweig narra con maestría cómo había un grupo de pacifistas que, refugiados en la neutral Suiza, trataban por todos los medios de hacerse escuchar. Amigos internacionales de toda la vida devinieron enemigos de la noche a la mañana. Y sin embargo, una vez terminada la guerra, los viejos colegas se reencontraban como si tal cosa, como si no hubiese pasado nada. Finalizada la gran desgracia, Austria estaba destruida. Los ferrocarriles del Imperio Menguado habían sido víctimas de robos, ataques y saqueos. El viaje de Zweig desde Suiza a Austria una vez terminada la guerra inspira compasión. A pesar de todo, él tenía dinero y podía viajar. 

Llama mi atención poderosamente la revancha de la generación de la posguerra. Los hijos de los artífices de la guerra se rebeleron. Los "locos años veinte" fueron una reacción contra todo lo sólido, que finalmente se había revelado muy frágil, más bien líquido. Comenzó una deconstrucción del orden tradicional, de las jerarquías, de la moral clásica, por el puro placer de experimentar y llevar la contraria a lo viejo, que no había funcionado, que había llevado a una tragedia sin precedentes.

Stefan Zweig asistió como invitado a todo ello. Parece que él pasó por allí sólo para dar fe. Era un notario de la actualidad. Aunque normalmente evita hacer juicios de valores, en este caso no puede reprimir su malestar por las extravagancias. Creo que Zweig era una persona amante del orden (anque no necesariamente lo que se llama una "persona de orden"). Él da fe de todas las transformaciones de la moral y comportamientos y tiene tendencia a no juzgar salvo en casos muy extremos. ¿Dónde está el delgado límite entre la extravagancia y lo inmoral?

Leemos con sorpresa cómo existía un importante excursionismo diario de bebedores de cerveza entre Suiza y Austria, primero en un sentido y después en el otro, aprovechando la inflación de la corona austriaca y después del marco alemán. Aunque ya sabemos lo que sucede en estos casos, no deja de sorprender que un kilo de patatas pudiese costar varios millones de marcos. Zweig narra todo esto con asombro pero, a la vez, con frialdad. Me gusta la forma de explicar que, a pesar de todas las circunstancias, la vida seguía fluyendo y existiendo, y la gente compraba, vendía, se abastecía y realizaba su vida de una manera más o menos normal. El trueque empezó a ser algo habitual. Las personas cargaban sus objetos a muchos kilómetros de distancia y las intercambiaban con otros bienes o alimentos. Muchos objetos de lujo fueron a parar a lugares insospechados, a menos de nuevos propietarios completamente inesperados, porque había que comer.

Y, de fondo, ese sempiterno optimismo como forma de ver la vida de Zweig. Cuando narra su ascenso a la cima del éxito literario, en ningún momento se muestra vanidoso. Cuenta su éxito internacional como objetividad y humildad, como si le sucediese a otra persona. Al calor de las ventas de sus libros en toda Europa, Zweig se siente más europeo que nunca. Pasados los primeros años de la posguerra, comienza a viajar de nuevo. Primero, Italia. Allí, en Verona, nada más llegar, queda admirado del cálido recibimiento que le dispensa el portero de un hotel. El buen señor echaba de menos a los austriacos. Echaba de menos, en definitiva, el gran mundo cosmopolita. Exactamente al igual que Zweig.


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