domingo, 27 de noviembre de 2022

Releyendo "Imperio", de Kapuscinski

Stalin ordenó construir una carretera de Yakutsk a Magadán. Se empezó a hacer, pero cada vez que llegaba la primavera, y con ella el deshielo, el barro invadía y colapsaba todo por completo. Las explanaciones quedaban anegadas y recubiertas de barro. Había que volver a empezar. La carretera de la muerte, se llamó popularmente. Comenzaron a construirla desde los dos extremos: desde Magadán y desde Yakutsk, pero nunca llegaron a encontrarse. La carretera nunca se terminó. Ahora le llaman "la carretera de los huesos", porque para cimentar y asegurar el firme emplearon esqueletos de los propios trabajadores del gulag que tuvieron la desgracia de trabajar en su construcción.

Lo que más impresiona es es aislamiento de esta parte del mundo. Viajar al lejano este ruso solo era posible a través de combinaciones inverosímiles. Para ir de Moscú a Magadán había que recorrer en tren el trayecto del Transiberiano hasta Vladivostok, en el Mar de Japón. No se podía llegar a Magadán en tren, porque como ya se ha dicho, la carretera no estaba terminada. Desde Vladivostok a Magadán salía un barco cada semana, aproximadamente. Ese barco tardaba varios días, recorriendo los confines de la Madre Rusia, en el lejano oriente. 

¿Qué se les había perdido a los rusos por aquellos parajes? Buscaban oro y plata. Trataban de explotar las minas de metales preciosos, al igual que en Yakutsk extraían diamantes. Toda esta riqueza, sin embargo, no revertía en absoluto sobre los propios territorios de la que se extraía. Iba directamente a Moscú para poder financiar el programa espacial, la compra de armamento y demás desvaríos imperiales. 

Al igual que Magadán, otros lugares del Imperio que fueron la tumba de miles de personas se localizaron en el gran norte. Vorkutá, por ejemplo, al lado del Círculo Polar Ártico, creció como un asentamiento carbonífero en los años de la industrialización a ultranza, lo que atrajo a trabajadores de toda Rusia. Las extremas condiciones de trabajo, con un clima gélido y en medio de la noche perpetua, suponían un plus "polar" en el sueldo de los trabajadores, que cobraban el doble que en otras parte del país. Sin embargo, en la minería la seguridad nunca se puede garantizar al cien por cien. Muchos trabajadores fallecieron engullidos por la mina, trabajando en condiciones extremas, respirando gases tóxicos, bien por avalanchas o por explosiones, o bien simplemente por enfermedades crónicas una vez jubilados. 

Es curioso cómo Kapuscinski trata el tema de los bashkiros. Son un millón de personas, un pueblo sin estado, rusificados desde hace tres siglos. Con la caída del telón de acero y el desmembramiento de la antigua URSS, la mayor parte de los pueblos y etnias del Imperio recobraron un afán de reconocimiento de sus identidades. Desaparecido el cemento común que unía a tantas minorías y tantos pueblos, el gigante soviético, comenzaban a desgajarse partes del tronco común. Se relata muy bien las contradicciones entre el ser y el querer ser. 

Bashkiria era el polo químico del Imperio, que lo había convertido en una colonia interior. Las élites bashkirias comenzaban a tomar conciencia nacional, y querían independizarse. Sin embargo, si cerraban las fábricas que les había impuesto la URSS, contaminando sus aguas, su suelo y su aire, la economía se desplomaría. No habría viabilidad económica con una economía agrícola y ganadera exclusivamente. De modo que no se producían las condiciones necesarias ni suficientes para pisar el acelerador de la independencia de Bashkiria. Había que ir tirando. Había que ir sobreviviendo, respirando, como decían a Kapuscinski las personas con las que hablaba.

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