sábado, 26 de noviembre de 2022

La marcha Radetzky

Hace algún tiempo leí "La marcha Radetzky", de Joseph Roth, un libro que refleja el final de un mundo, el del Imperio Austrohúngaro. El lector puede comprender muy bien la naturaleza de este gigante geopolítico, que ocupaba el centro del continente europeo, y se comportaba en la práctica como una monarquía federal o federalizante. Tenía dos parlamentos, uno en Viena y otro en Budapest. Se permitía la utilización de las lenguas que eran diferentes del alemán, aunque no con muchas alegrías, en el caso de los checos o los rutenos. Dentro de este coloso político existían multitud de naciones con lengua y personalidad propia, que venían desarrollando luchas calladas (y no tan calladas) por desprenderse del yugo del imperio.

La narración está articulada en torno a tres generaciones de la familia Trotta von Sipolje, linaje que desciende del llamado "Héroe de Solferino". Dicho héroe fue un soldado que salvó la vida del emperador Francisco José en la batalla homónima, de Solferino. Por cierto, esta fue una batalla que Austria perdió, en el norte de Italia.

Al haber salvado la vida al emperador, al héroe se le concedió la baronía. El primer barón Trotta era una persona recta y maniática del orden, como casi todos los que mandaban en el Imperio Austrohúngaro. Su hijo fue capitán de distrito en una provincia alejada de Viena, quizá en Moravia. Las descripciones de la ordenada, protocolaria y previsible vida de provincias del capitán de distrito evocan el peso de las estructuras y lo permanente, lo que nunca cambia, lo sólido.

El hijo del capitán de distrito (el nieto del héroe de Solferino) le salió un poco rana. Entró en el ejército, pero no sabía montar a caballo. Su carácter era un poco pusilánime y carecía de grandes ambiciones. Su descubrimiento temprano de la sexualidad con la esposa de un oficial no cambia su proceder en la vida, obediente, meticuloso en el trato con sus superiores. La vida era como un gigante cuartel. Lo descubren, pero no pasa nada. El padre mira para otro lado. Es más importante mantener las apariencias, y el desliz se achaca siempre a la mujer. El nieto, Carl Joseph, es destinado a una guarnición fronteriza del imperio, en la actual Galitzia. Hay quien ve en esa localidad un trasunto de Brody, el pueblo en la actual Ucrania en donde nació el propio Roth.

La descripción y la pintura de la vida en la frontera es magistral. Catorce kilómetros más allá estaba la frontera con el imperio de todos los zares. Los cosacos realizaban incursiones en Brody para jugar. De hecho, el empresario del juego que montó un casino en la localidad era ruso y se llamaba Kapturak. La caracterización de los soldados del regimiento es magistral. Como se abrurrían hasta la saciedad, todos ellos desarrollaron una insana afición a la bebida y al juego. El conde de origen polaco cuyo nombre no recuerdo es la gran autoridad en aquellos parajes pantanosos, en donde los caminos no aguantan el paso de los carruajes. Hay que añadir grava, porque si no se hunden. Se escuchan cantos de ranas a todas horas, las ranas de los pantanos, las ranas de los confines del Imperio Austrohúngaro.

Carl Joseph se va entregando a la molicie de la aburrida y bárbara vida en aquella lejana Rutenia, y lo días pasan entre borracheras y deudas. Llega a un punto sin retorno, y le hacen conocer a una dama que lo seduce. Carl Joseph es utilizado como un juguete, pero se deja hacer. Va a Viena, conoce los lujos más mundanos, gasta lo que no tiene y termina perdiéndolo todo. Como le reclaman el pago de la deuda, Carl Joseph no tiene más remedio que escribir una carta a su padre. El padre intercede por él y solicita una entrevista con el mismísimo emperador. He ahí el momento culminante de la novela. Todo es pura decadencia en esta audiencia, y finalmente este mundo construido con pies de barro se derrumba con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

La novela deja una sensación de final de trayecto. Comprendemos que todo aquello no podía dar más de sí. Aquello tenía que terminar sí o sí. Lo curioso es que mucha gente celebró el estallido de la guerra como algo deseable. Toda Europa llevaba mucho tiempo preparándose para aquello. Había tejida una tupida red de alianzas políticas, y los intereses coloniales eran muchos. Rusia salió a defender a Serbia y los Balcanes cuando el Imperio Austrohúngaro le declaró la guerra, y a continuación se desencadenó la tormenta total. 

Hay muchos escritores que reflejaron muy bien aquel mundo que se iba al garete, entre los que sen encuentran Robert Musil, Stefan Zweig o el propio Joseph Roth.

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