Si uno lee a Dostoievski comprende el funcionamiento de la mente humana. Viendo cómo se conduce Raskólnikov consigo mismo, y cómo su mente le va jugando malas pasadas, se puede llegar a entender por qué muchas veces "tratamos de hacernos trampas al solitario". En unas ocasiones tratamos de engañar a nuestra conciencia; en otras circunstancias, confundimos las ensoñaciones con la mera realidad y obramos como si no hubiese límite entre ambas.
Releo fragmentos de "Crimen y castigo". Es sumamente sugerente pensar en este antihéroe caminando deseperado por el Canal Ekaterina, buscando dónde arrojar las pruebas del doble crimen que ha cometido, y después dirigiéndose al Neva. Parece como si toda la "Ciudad Líquida" de Marta Rebón se hiciese presente ante nosotros. De igual manera sentimos los vahos y los olores a col fermentada de los figones de Petersburgo. Cuando el lector vive tan intensamente lo que lee y lo siente, como si estuviese palpitando a su lado, es que estamos ante un escritor con una maestría fuera de toda duda.
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