sábado, 26 de noviembre de 2022

Actualidad de Marshall McLuhan

Me da mucho miedo el decrecimiento en el nivel de argumentación y corrección en la política. Últimamente estamos asistiendo a unas escaladas verbales lamentables en el Congreso de los Diputados. No puede valer todo. No se puede tolerar el insulto, el ataque a la vida personal de la gente y el desprecio como algo cotidiano.

Nos merecemos otra política y otros políticos. El problema es que la antipolítica parece ser un virus que no conoce fronteras. En prácticamente todos los países del mundo surgen titiriteros de la argumentación falaz que se aprovechan del desconcierto. Tiempos líquidos, tiempos de miedo, tiempos de mentiras. Cualquier persona en cualquier red social y con cualquier cuenta anónima puede inventar una noticia falsa y difundirla. Que se haga viral depende del dinero y la habilidad que los promotores de la fechoría tengan.

Cuando algo se viraliza, el mal está hecho. La noticia falsa se ha convertido en real para unos pocos ciudadanos y ciudadanas. Enseguida crecerá exponencialmente y los crédulos se contarán por miles y millones. Para entonces, ya será dificilísimo diferenciar lo verdadero de lo falso.

Ya no hay autoridades que certifiquen la veracidad de la información. Ese rol antes lo desempeñaban los diarios en papel. En gran medida sigue siendo así, pero el porcentaje de lectores que se informa en un diario convencional en papel es mínimo. Y el grado de credibilidad de los medios tradicionales es cada vez más bajo. En paralelo surgen nuevos medios muy interesantes y con ética. Tienden a ser muy minoritarios y fragmentados. Cada uno de nosotros debe elegir los suyos. En muchos casos son efímeros. Hoy está algo en la red... y mañana ya no está.

En Twitter ya sabemos qué está pasando. Los moderadores de contenido no son bien vistos. Elon Musk quiere barra libre. Defiende a Trump y quiere que se aplique la ley de la selva. Twitter se ha convertido en el canal de diálogo rápido y ubicuo de la mayoría de las personas e instituciones que tienen algo que decir en la sociedad. Y quien controla Twitter controla el medio y, por lo tanto, el mensaje. Eso decía Marshall McLuhan en 1964. Estamos apañados.

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