"El gabinete del Doctor Caligari" (1920), de Robert Wiene es una de las películas de culto de la historia del cine. Uno se acerca a ella con un sentimiento de recogimiento y humildad. Aunque había leído reseñas y conocía por encima el argumento y el contexto, me impresionó igualmente.
No se trata sólo de una película muda. Quizá eso sea lo de menos. Se trata de la reproducción de un mundo onírico, del afloramiento de muchas pesadillas que cruzan la mente de los seres humanos. Los decorados extravagentes, retorcidos, curvos, y el blanco y negro primitivo, con poca resolución de imagen, crean una sensación de irrealidad. A medida que avanza la trama es evidente que estamos ante una película de terror, pero no un terror físico y sangriento, sino un terror psicológico.
El doctor Caligari se releva como el director de una institución psiquátrica que realiza experimentos con pacientes empleando la hipnosis. Este es el argumento final, con el que nos quedamos cuando termina la película. Sin embargo, la mayor parte del film parece ser un desvarío onírico de un paciente del propio hospital psiquátrico. Por ello, se afirma que la película tiene un final sorprendente e inesperado.
En la actualidad, los flashbacks y el desplazamiento de la narración a través del tiempo son recursos habituales. En los años veinte, cuando se rodó la película, probablemente eran del todo inusuales. He aquí uno de los elementos innovadores.
Esta dislocación en los tiempos y la presentación del relato central como un simple sueño de un paciente del psiquátrico trastoca por completo la perecpción del espectador. Acaba la película y uno se siente sorprendido y estupefacto. Tal vez esto es lo que el director quería provocar en el espectador.
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