Tampere. Fin de la primera jornada en Finlandia. A la mañana fui a Helsinki. Visité la Catedral Luterana, de una belleza arrabatadora y blanca. Me recuerda el concepto de "muerte blanca", que se hizo popular en la guerra entre los fineses y los rusos. Los soldados finlandeses propulsados por esquíes tenían una gran precisión al disparar sobre los rusos. Ellos crearon el concepto de "muerte blanca". Sé que es anti-progresista y anti-woke, pero me fascina. Un lunes de enero en Helsinki el ambiente era, como podréis comprender, no muy familiar. Cero grados (que es casi calor para estos lares en esta época del año), aguanieve cayendo en todo momento, imposibilidad de caminar con un mínimo de bienestar, etc.
Después fuimos a una cafetería con vistas a la Ría de Helsinski, desde la cual veíamos a atrevidos bañistas que desafiaban a la ley del mercurio con inmersiones en el agua helada. Desfilaban en bañador por delante de nosotros, de camino a la piscina de agua fría y de la sauna, en pleno lunes de enero. El peor momento del año para corretear desnudos por una ciudad nórdica en la que el sol no aparece nunca en cinco meses del año. Después visitamos el Museo de la Ciudad de Helsinki. No es nada del otro mundo pero encontré un jukebox con canciones de los años 1950s y 60s finlandesas que me reconfortaron con la música popular. El Museo es interesante, a pesar de la planta cuarta, en la que hay una exposición absolutamente bizarra de la evolución de los gimnasios en Helsinki. Al principio nos confudimos, y creíamos que estábamos llegando realmente a un gimnasio. El encargado de planta nos dijo que no, que realmente era una exposición sobre los gimnasios de Helsinki.
La verdad es que Helsinki no es una gran ciudad. Hay gran arquitectura Art Noveau y hay muchas obras del Alvar Aalto, pero quitando eso, el frío hace su trabajo. No se puede vivir así. El frío es atenazador, mordaz, paralizador. Pasé mucho frío en la jornada de hoy. A la vuelta de Helsinki a Tampere la campiña finlandesa mostraba un manto níveo inmisericorde. Ventiscaba. Todo era blanco e infinito. En el vagón cafetería había varios varones solitarios que confiaban a una cerveza Karhu todas sus dudas. Jamás pensé que sería tan duro vivir aquí. Me compadecí de estas buenas gentes y de sus vidas congeladas, sometidas a la rigurosidad del termómetro. Por un momento fui consciente de la gran suerte de ser un vecino del sur de Europa.
Sigo diciendo que la vida aquí es muy dura. Esperar un tren a las siete de la mañana en la estación central de Tampere no es ninguna broma. En el tren te mueres de calor. Llegas a tu destino y de repente la bofetada térmica es brutal. Y todo el día así. Sí, es muy duro. No me extraña que haya gente que se plantee el suicidio. Arto Paasinlinna escribió un libro que se titula "Delicioso suicidio en grupo", que no he leído pero, al paracer, es una obra fundamental para comprender lo que pasa por la mente de estas gentes para terminar con sus vidas llenas de pesar por lo ingrato de las condiciones meteorológicas.
Estoy en el hotel. Son las once menos diez. En Santiago de Compostela son las diez menos diez. Aquí todo está subsumido en el frío desde hace muchas horas. Desde hace muchos días. Desde hace muchos meses. La noche eterna. No me voy a poder olvidar nunca de la vista de la habitación del hotel a las cinco en punto de la tarde. Noche cerrada. Trenes estacionados. Un frío infernal. El infierno no es necesariamente un lugar cálido. Aquí he llegado a comprender que el infierno es un lugar muy frío.
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