Napoleón, de Ridley Scott (2023). Dos horas y treinta y ocho minutos trepidantes. Con 86 años, el director británico nos regala una visión muy particular de Napoleón Bonaparte, una persona a la que el calificativo ambicioso se le quedaba más bien corto.
Para empezar, hay que tener en cuenta que la película contiene muchas imprecisiones históricas. Y más que imprecisiones: errores. Por ejemplo, Napoleón no estuvo presente cuando la reina María Antonieta fue pasada por la cuchilla nacional. Tampoco es verdad que los franceses la emprendiesen a cañonazos con las pirámides de Egipto. Y hay más...
Sin embargo, todo esto pasa a un segundo plano ante la posibilidad de recrear en la pantalla lo que hemos leído tantas veces en los libros. Como siempre, Scott no escatima en esfuerzos para tratar de transmitir la realidad del territorio, las inclemencias meteorológicas, los edificios, los interiores con sus decorados y la caracterización de los personajes. Es un planteamiento clásico en un tiempo de tribulaciones como el que vivimos, pero funciona. Y si funciona es porque siempre nos gusta viajar en el tiempo y tratar de imaginar cómo vivían los seres humanos hace muchos años. Nos gusta fisgar en la historia y comprobar que amamos, sufrimos, nos enfadamos y morimos siempre igual, de la misma manera, aunque la sociedad haya cambiado tanto.
La película es un biopic clásico. Busca contar la vida de Napoleón, aunque no desde su infancia, sino desde la turbulenta época del apogeo de la Revolución Francesa, desde el Terror. La secuencia histórica es de libro: victoria en Toulon, victoria en Austerlitz, consulado, el golpe de estado del 18 Brumario, imperio, retirada de Rusia en el frío invierno, exilio en Elba, los 100 días, derrota en Waterloo y destierro en Santa Elena.
Evidentemente, comprimir todos estos acontecimientos en menos de tres horas es una hazaña al alcance de unos pocos. Scott lo consigue pero, además, en paralelo, cuenta la historia de la relación de amor y odio entre Napoleón y la casi tan célebre Josefina. Amor, traición, poder, renuncia, razón de estado, lealtad... todo esto sucede en la relación tóxica (o quizá mejor, insana) que une a estos dos personajes.
Es evidente que narrar las historias de entrepierna de Napoleón (magnífico Joaquin Phoenix) y Josefina (Vanessa Kirby, también sobresaliente) busca provocar el morbo y evitar que la película sea un objeto de consumo de aficionados a la historia exclusivamente. Sin embargo, las buenas películas siempre contienen una historia de amor y esta no podía ser menos. Ahora bien, el Napoleón de Ridley Scott no es un documental que aspire al mayor rigor posible. Es una película para entretener al gran público y como tal hay que entenderla.
Desde el punto de vista técnico, las batallas de Austerlitz y Waterloo cautivan al espectador. Aunque seguramente carezcan del rigor histórico correspondiente, los cañonazos que derrotan a los austriacos en Austerlitz ahogándolos en unas aguas heladas y las cargas de la caballería e infantería en Waterloo reflejan con la mayor crudeza posible lo que era una guerra a principios del siglo XIX. Hay mucha violencia en las imágenes, pero no resulta evidente salvo en dos o tres escenas. La violencia y los horrores de la guerra nos los imaginamos, los vivimos casi, potenciados por el sonido envolvente del cine y la gran pantalla.
Aunque no contentará a los más puntillosos aficionados a la historia, recomiendo verla y, sobre todo, antes de que la retiren de los cines.
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